mardi 25 mai 2021

Colombia. El gobierno de los asesinos.

Álvaro Uribe, Presidente de Colombia de 2002 a 2010. ¿Por qué yo, Iván Duque, cuya popularidad está bajo mínimos, debería tener interés en incendiar mi país? Colombia. Cali, 23 de mayo. La policía anuncia que dos jóvenes han muerto en un accidente de moto. Sus cuerpos sin vida yacen a un lado de la carretera. La prensa, a las órdenes del gobierno, repite a coro: accidente de moto, sigan adelante, no hay nada que ver. Salvo que... unas horas antes, estos dos jóvenes fueron detenidos de forma totalmente arbitraria por la policía. Y... ¡su detención fue filmada! (AQUI y AQUI) En otras palabras, la policía liquidó fríamente a dos jóvenes colombianos de 20 años, sin el menor juicio, dos jóvenes cuyo único delito fue oponerse al régimen de Iván Duque. (25/05 - CORRECCIÓN POSTERIOR A LA PUBLICACIÓN. Según La Silla Vacia, una excelente página web de noticias colombiana, esta noticia que circuló ampliamente por las redes sociales ayer, 24 de mayo, es falsa: los dos jóvenes que murieron a un lado de la carretera no eran los detenidos por la policía unas horas antes. Lea aquí. A la espera de una aclaración, entonces. Sin embargo, en caso de que sea una noticia falsa, no invalida el resto del artículo. Sobre todo porque algunas ONG han denunciado casos de detenciones arbitrarias de personas que, a día de hoy, no han vuelto a aparecer y de las que no se tienen noticias). Francia apoya el régimen criminal del presidente Duque Oficialmente, Colombia es una democracia, no una dictadura. La Francia de Emmanuel Macron la vende en abundancia de armas. Incluso, el 31 de mayo de 2018, Colombia fue la primera nación latinoamericana en ser admitida en la OTAN. No obstante, en este momento, el presidente Duque sigue negando la entrada en territorio colombiano a los observadores de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, encargados de investigar la violencia policial que ya ha dejado 43 muertos entre el 28 de abril y el 21 de mayo (las cifras se han incrementado desde entonces), según la ONG Temblores, que además contabiliza 2. 905 casos de violencia policial, 855 víctimas de violencia física, 1.264 detenciones arbitrarias, 21 víctimas de violencia sexual. A diferencia de Amnistía Internacional, la ONU, Estados Unidos y la Unión Europea, Francia se ha abstenido de condenar el uso desproporcionado de la violencia por parte del gobierno colombiano. Un silencio que probablemente no sea ajeno al comercio de armas (Francia es el 7º país que suministra armas a Colombia), y a las excelentes relaciones que mantiene Emmanuel Macron con Iván Duque. Emmanuel Macron recibe una camiseta de fútbol del presidente colombiano con el que se reunió durante la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York el 25 de septiembre de 2018. Duque hace creer a Macron que está luchando contra la alteración del clima. La prueba: recientemente firmó un decreto que reautoriza la pulverización de cantidades masivas de glifosato por vía aérea. Oficialmente, es para destruir las plantaciones de coca. Pero vemos que estas "fumigaciones" son muy selectivas. Es evidente que se trata de destruir y exterminar a las comunidades indígenas y sus asambleas populares, las famosas "mingas indígenas", que están al frente del movimiento social, particularmente en el Cauca, la región de Cali. En definitiva, un genocidio puro y duro que no dice su nombre. Pero una de las consecuencias del movimiento de protesta que tomó forma en Colombia el 28 de abril, aún poco percibida por la prensa internacional, es que esta implicación de las mingas indígenas, en Cali pero también en todo el país, ha cambiado radicalmente la opinión que buena parte de la población colombiana tenía de ellas. En pocos días, la población vio que estas comunidades, lejos de ser los nidos de terroristas presentados por la propaganda uribista, se movilizaban para proteger a los manifestantes, distribuir ayuda alimentaria, etc. En un vídeo grabado el 10 de mayo y publicado en la página de Facebook del Consejo Indígena del Cauca, se ve claramente a unos paramilitares disparando munición real contra los manifestantes de la minga indígena. El vídeo muestra que los paramilitares están protegidos por la policía. Más de diez personas resultaron heridas, dos de ellas de gravedad. Francia no tiene nada que decir contra ese régimen. Peor, incluso. Francia apoya discretamente la represión liderada por el presidente Duque, continuando el acuerdo de cooperación firmado en septiembre de 2018 entre Colombia y Francia (por Emmanuel Macron) y el acuerdo técnico "marco" firmado en diciembre de 2017, acompañado de un plan 2018/2020 "bastante ambicioso" según la Comisión de Asuntos Exteriores, Defensa y Fuerzas Armadas del Senado frances. En enero de 2017, el general Jean-Marie Clament, director de Relaciones Internacionales y Estrategia del Ministerio de Defensa francés, se reunió con Aníbal Fernández de Soto, entonces viceministro de Defensa de Colombia para Asuntos Internacionales: "Hablamos de la cooperación franco-colombiana, que no es nueva, es un asunto que viene desde hace muchos años, particularmente con las fuerzas armadas que tenemos en el Caribe, pero también con parte de nuestras fuerzas en Francia", dijo entonces el general Clament, quien añadió que los dos países luchan "juntos" contra los narcotraficantes y "otras amenazas transnacionales". Hoy, este es precisamente el argumento del presidente Duque: las revueltas son obra de terroristas y narcotraficantes apoyados por la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que ponen en peligro la "democrática" constitución colombiana. ¿Quién dio la orden? Una de las primeras consignas que aparecieron tras los primeros casos de asesinatos cometidos por la policía fue "¿Quién dio la orden? A nadie se le escapa que el actual presidente Iván Duque no es más que el títere del ex presidente Álvaro Uribe, autor de un tuit del 30 de abril (posteriormente retirado por Twitter) en el que pedía a los soldados y a la policía que usaran sus armas contra la protesta social, calificada como "una acción criminal de terrorismo vandálico". Pero las operaciones del ESMAD (la temida y mortal policía antidisturbios) en Cali han recibido un bonito nombre: "Limpieza social". No puede ser más claro. Contra la evidencia de todas las imágenes difundidas en las redes sociales, a pesar de la magnitud de las manifestaciones en Colombia que no han cesado desde el 28 de abril, esta sigue siendo la retórica del presidente Duque: los disturbios serían fomentados por ex guerrilleros de las FARC y narcotraficantes, con la ayuda de Venezuela. Uribe no ha digerido la firma del acuerdo de paz firmado por el presidente José Manuel Santos con las FARC en septiembre de 2016. Y desde entonces no ha dejado de desafiar ese acuerdo, con un afán de venganza que se acentuó cuando en agosto de 2020 la Corte Suprema de Colombia ordenó su detención en un caso de manipulación de testigos contra un opositor de izquierda. Uribe fue puesto en detención provisional y arresto domiciliario (sobre él pesan muchas otras sospechas, como la de haber ordenado personalmente el asesinato de algunos opositores, líderes sociales, etc.). Una conspiración contra la democracia y los acuerdos de paz. El actual presidente Iván Duque no duda en hablar de un "complot" (orquestado por la vecina Venezuela) para explicar los disturbios que sacuden a Colombia desde el 28 de abril. Tal vez no esté del todo equivocado y no esté prohibido pensar que se ha urdido un verdadero complot, sólo que Hugo Chávez y Nicolás Maduro no son en absoluto responsables. ¿Y si el autor de este complot contra la democracia colombiana fuera nada menos que el propio Álvaro Uribe? Como mínimo, algunos hechos son confusos. Por ejemplo, si la principal preocupación del presidente Duque era, como dice, traer la paz a su país, ¿cómo es que los dos autores del asesinato del joven Lucas Villa, con ocho disparos en la cabeza en Pereira el 5 de mayo al margen de una manifestación pacífica, aún no han sido encontrados por la policía, a pesar de que la matrícula del vehículo en el que viajaban ha sido fotografiada y publicada en Twitter? En un país donde todo el mundo está vigilado, ¿es realmente tan complicado rastrear el origen de una matrícula? Ampliemos el marco. El pasado mes de abril, Iván Duque intenta aprobar una gran reforma tributaria que empeorará terriblemente la situación de la población colombiana, ya desangrada tras meses de crisis sanitaria y de encierro que han impedido a todos los "informales" de trabajar, sin ninguna ayuda social (según la última encuesta del Dane, el trabajo informal en Colombia representaba el 46,4% del total del empleo a finales de 2018, frente al 51,4% de finales de 2008). Hace un año, ya, en Bogotá y luego en otras ciudades, el movimiento de los "trapos rojos" había demostrado el desorden de una población para la que incluso comer se estaba volviendo complicado. ¿Por qué esta "reforma tributaria" en un momento de tensión y exasperación? Uno puede preguntarse: ¿Es Duque tonto, incompetente, ignorante de la situación de su país? ¿O, por el contrario, no está presentando, con conocimiento de causa, una reforma que sabe que va a incendiar ? Una provocación deliberada, en cierto modo. Una nueva arma, Venom, utilizada desde principios de mayo por el ESMAD (policía antidisturbios) en Cali y Bogotá. Hay otro elemento que también es preocupante. En los últimos días ha aparecido en las calles de Cali y Bogotá una formidable arma : el VENOM. Es una innovación. En El País, José Manuel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch, afirma: "No conocemos antecedentes de uso de este lanzador de proyectiles múltiples en ningún otro país latinoamericano. Es un arma de efectos indiscriminados y, por lo tanto, totalmente inadecuada para manifestaciones esencialmente pacíficas. Además, la policía colombiana utiliza esta arma de forma peligrosa. Los gases lacrimógenos y las bombas aturdidoras deben dispararse siempre de forma parabólica, no directamente a los manifestantes, como ocurre en Colombia. " En una respuesta al Congreso de Colombia, el Ministerio de Defensa dijo que el sistema Venom, compuesto por 30 tubos lanzadores, cuesta 118.000 dólares, y cada cartucho, que puede producir efectos de estruendo, destellos o gases lacrimógenos, cuesta otros 71 dólares. Según el senador de Cali Wilson Arias (Polo Democrático Alternativo), estas armas se encargaron en marzo, mucho antes de la reforma tributaria y de los disturbios que la siguieron, con un coste de 14.100 millones de pesos (unos 3 millones de euros), a los que hay que añadir 130.000 granadas, 60.000 balas trazadoras, 4.734 escudos antidisturbios y 107 armas de gas. Todo ello para uso exclusivo del ESMAD, la temida policía antidisturbios. Según el bien informado contagioradio.com, el Venom es un arma comercializada por la empresa española VIMAD Global Services, que ya ha sido utilizada por el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, Israel y Filipinas. En resumen: estas armas fueron encargadas por el gobierno colombiano en marzo y abril, uno o dos meses antes del inicio del movimiento de protesta. Que yo sepa, no hay ningún ministro de la Bola de Cristal en Colombia. ¿Cómo sabía Iván Duque que estos disturbios iban a ocurrir, si no los instigó? Alexis López Tapia (tercero de izquierda a derecha) participó en su juventud en una serie de reuniones coronadas con la esvástica nazi. Así que sí, hagamos un poco de conspiración, pero conspiración probada. Lo que está ocurriendo en Colombia fue anunciado muy concretamente en noviembre de 2019 por un intelectual neonazi chileno, Alexis López, en una entrevista televisiva para el canal NT224, que lo presenta como "investigador de la historia": "Lo que van a ver en Colombia es una copia de lo que está ocurriendo en Chile". A qué se refiere entonces Alexis López Tapia en noviembre de 2019? Se refiere a las protestas estudiantiles en Chile, que califica de "atentado contra la democracia y el orden público". Sin embargo, al mismo tiempo, en Colombia, las manifestaciones estudiantiles, y no sólo, están sacudiendo el país. (Lea este artículo en Le Monde). Y en esta entrevista para NT224 (https://youtu.be/l6tPHDuravY a 15'20"), Alexis López Tobia ya dice que la Venezuela de Chávez y Maduro está detrás de todo esto. El argumento es ahora retomado en todos los tonos por Uribe y Duque. Pero los estudiantes colombianos no necesitan a Chávez y a Maduro para exigir el derecho a estudiar (en Colombia la educación superior es especialmente cara), la población colombiana no necesita a Chávez y a Maduro para exigir el derecho a la salud, el pueblo colombiano no necesita a Chávez y a Maduro para exigir el derecho a la dignidad. La culpa de Guattari, Deleuze y Foucault. Todo esto, según Alexis López Tapia, es culpa de Félix Guattari, Gilles Deleuze y Michel Foucault. Como buen neonazi, no tardó en detectar a sus enemigos: los pensadores de la "deconstrucción", que en todas partes agitan la idea de la "revolución molecular" (Revolución Molecular es el título de un ensayo de Félix Guattari publicado en 1977). Álvaro Uribe ya no es joven, pero no está sordo, y las humeantes teorías de Alexis López Tapia no caen en saco roto. El 3 de mayo, Uribe escribió en su cuenta de Twitter que debía "resistir la revolución molecular disipada", "como un mensaje en forma de código secreto", escribieron Camila Osorio y Rocío Montes en El País. En una entrevista en video para Semana ( https://youtu.be/Ns6ae8wnxLk ), Álvaro Uribe dice no conocer a Alexis López, aunque reconoce la relevancia de sus tesis. ¿No conoce Uribe a Alexis López? Sin embargo, en Colombia, en ciertos círculos uribistas, está lejos de ser desconocido. El 17 de abril de 2020 concedió una entrevista al diario El Tiempo en la que se jactaba de ser el organizador del primer encuentro ideológico internacional de "Nacionalismo y Socialismo", una especie de convención neonazi dirigida por un grupo político de extrema derecha que ayudó a fundar: el movimiento Patria Nueva Sociedad. Curiosamente, un nombre similar, "Movimiento Patria Nueva", fue el elegido por el general colombiano Luis Mendieta Ovalle para el partido político que creó en 2017. Lo más preocupante es que, según El País ( https://elpais.com/internacional/2021-05-07/la-revolucion-molecular-disipada-la-ultima-estrategia-de-alvaro-uribe.html ), Alexis López Tapia ha sido invitado en dos ocasiones a dar conferencias al ejército colombiano. “Lo que llamamos izquierda es más grande de lo que habitualmente quiere verse”, le dijo a un grupo de militares en uno de esos dos eventos. Para López, las protestas ciudadanas pueden ser interpretadas como movimientos de guerrillas urbanas desarticuladas que combaten “molecularmente al sistema para imponer su propia dominación”. Más que tomarse el poder quieren desestabilizarlo, generar caos, sin importar “las realidades materiales” del país. En una diapositiva de su presentación, López hace una cronología de estos movimientos que saltan de las FARC y ETA al Ejército Zapatista o al movimiento español Podemos. Una mirada que encaja a la medida en la ideología uribista, donde defensores de derechos humanos han sido tildados de guerrilleros, y que justifica el uso de la fuerza contra todos los manifestantes. Manifestación en Popayán. Foto Cristian Castro Para Laura Quintana, profesora de Filosofía en la Universidad de los Andes, “Es una lectura muy trastocada y deformada de lo que implica la revolución molecular para Guattari o para Deleuze. En realidad, lo que Deleuze y Guattari captaron es la manera en la que los poderes oprimen, que está relacionada con la forma en la que esos poderes logran capturar nuestro deseo, y hacen que nuestro deseo desee la represión. Lo que la revolución molecular indica es que para cambiar políticamente, para transformarnos, necesitamos cambiar cómo se configuran nuestros deseos, cómo se configuran nuestros afectos, cómo nuestros cuerpos sienten lo que sienten. Esa noción está vinculada a pensar que el cambio político supone un cambio en la subjetividad”. Quintana explica que en realidad estos autores buscaban combatir el nazismo y sus derivas en Europa, tratando de desarticular esa represión internalizada que pueden crear sistemas como el capitalismo. Se trataba de transformar una conciencia muy personal más que de organizar una anarquía. “Esto está muy lejos del caos y de la anomia. Y cuando se estigmatiza esa posibilidad de tener una política capaz de acoger la multiplicidad, lo que eso revela es el carácter fascista de aquel que estigmatiza. Si nos dicen que no podemos cambiar el mundo que habitamos, que no debemos acoger el disenso, que queremos cuerpos dóciles y acoplados al orden social, pues eso es muy cercano al fascismo”. ¿Y por qué yo, Iván Duque, cuya popularidad está bajo mínimos, debería tener interés en incendiar mi país? Si la "revolución molecular" no se produce por sí misma, espontáneamente, ¿por qué no provocarla conscientemente? Me llamo Iván Duque, ex presidente de la República de Colombia, y voy a fagocitar una pequeña reforma tributaria que incendiará el mundo, pero antes voy a ordenar armas de guerra para equipar al ESMAD, la policía antidisturbios. ¿Y por qué yo, Iván Duque, cuya popularidad está en lo más bajo de las encuestas, debería tener interés en incendiar mi país? Es bastante sencillo de entender. Para recuperar el control de la población. Como dice Sandra Borda, autora de Parar para avanzar, "¿Cómo ejercían antes [el clan Uribe] este control? En el contexto del conflicto armado, decían, 'esta gente que sale a manifestarse está vinculada a la guerrilla', y eso cumplía varios objetivos: asustar a la gente y evacuar el problema de atender las demandas. " En otras palabras, y esto es lo que ocurre hoy en Colombia, el "caos" (provocado) justifica la represión (supuestamente contra los "terroristas", los "vándalos"), y esta represión debe generar un terror que pare en seco cualquier deseo de más justicia social (el derecho a la educación, el derecho a la salud, el derecho a la dignidad, obviamente objetivos terroristas. Que aterrorizan, en todo caso, al clan Uribe). Volvamos a los dos jóvenes ejecutados fríamente en Cali, cuyo crimen fue disfrazado de "accidente de moto". Que nadie se engañe (no hay ningún montaje de un pseudoaccidente de moto): este es un mensaje dirigido a la población de Cali, a los jóvenes que están en primera línea: si seguís protestando, esto es lo que os puede pasar: cada uno de vosotros es un objetivo potencial. Esto se remonta a las horas más oscuras del uribismo, cuando los soldados (en su mayoría jóvenes y sin educación) recibían una bonificación de 200 euros (1 millón de pesos) por cada "enemigo" muerto. Es así como muchos líderes sociales, indígenas, ecologistas, feministas, etc., fueron liquidados y luego presentados como "guerrilleros". La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en un informe de febrero de 2021, estableció el número total de víctimas en 6.402 entre 2002 y 2008. Un contexto al que alude la exitosa serie Matarife (casi 30 millones de visualizaciones) del periodista y abogado Daniel Emilio Mendoza Lea. Para restablecer esta estrategia de terror, Iván Duque, bajo las órdenes de Álvaro Uribe, ha restablecido el gobierno de los asesinos en Colombia. Sin embargo, si se juega demasiado con el fuego, algunos acaban quemándose. Efectivamente, los tiempos han cambiado. El pueblo colombiano, especialmente su juventud, ha decidido abrir los ojos. Es un buen comienzo para despertar. Duque y Uribe no son en sí mismos más que títeres de las multinacionales que se han apoderado de los ricos recursos minerales de Colombia, que han dejado a la corrupta casta dirigente del país con unas cuantas meriendas y prebendas, principalmente el manejo de la explotación y exportación del café con la poderosa Federación Nacional de Cafeteros. Sin embargo, las multinacionales en cuestión, que armaron a la mayoría de los grupos paramilitares durante los cincuenta años de "guerra civil", vieron con muy malos ojos la firma de los acuerdos de paz: a cambio de su desarme, las FARC obtuvieron derechos nada despreciables sobre las tierras indígenas. Así, en 2017, las poblaciones de Cajamarca e Ibagué lograron organizar un referéndum de iniciativa local y obtener el cierre de una de las más importantes minas de oro a cielo abierto, explotada por una firma sudafricana. Por supuesto, estas multinacionales nunca se rinden, y cuentan con recursos considerables. Pero algo ha cambiado. Los Colombianos han empezado a apreciar la paz que ha vuelto (una paz relativa, ya que los asesinatos de líderes sociales, ambientales e indígenas han continuado). Y sobre todo, al principio de la actual oleada de protestas, floreció esta consigna fundamental: "Nos lo han quitado todo, no nos queda nada, ni siquiera el miedo." Jean-Marc Adolphe para les humanités, medio alter-activo. 24 de mayo de 2021